Chile y sus deslices al pasado

25 May
Protesta en contra de la represa de Hidroaysén en Santiago de Chile

Protesta en contra de la represa de Hidroaysén en Santiago de Chile

Latinoamérica rema contra la espesa marea de una adicción absorbente. La obsesión por el pasado es su cocaína social.

Es una tentación enfermiza que con peligrosa frecuencia arrastra sus narices hacia las profundidades de controversias intrascendentes sobre sus antiguos líderes. De México hasta la Argentina, casi todos los países de la región han revolcado las tumbas de sus héroes nacionales periódicamente.

Hay un un afán frenético por trasladar despojos y honrar huesos, que pareciera ser, más bien, una cortina de humo tendida por la clase política para esconder sus innumerables fracasos.

El más famoso ( y patético)  ejemplo de este delirio, fue la exhumación del cadáver de Bolívar, apartado de su lecho por la paranoia del semi-dictador venezolano, quien una vez más acusaba al perrito faldero de Tío Sam -la oligarquía colombiana- de haber planeado, hace doscientos años, el homicidio de su ídolo.

Mientras un pre-orgásmico Chávez narraba el coreográfico desentierro de Simón a cargo de un grupo de funcionarios con trajes interplanetarios, Caracas continuaba en manos del hampa y Venezuela entera seguía pataleando en las aguas turbias de la híper inflación.

Pero la República Bolivariana no es la excepción. Casi todos los países latinos sufren esta adicción;  todos han estado (o están) obsesionados con reverdecer el pasado, traer debates infructíferos sobre conspiraciones bicentenarias y movilizar huesos a diestra y siniestra, mientras el presente corre frente a sus ojos y millones aún permanecen atrapados en las endémicas problemáticas de pobreza, desigualdad, corrupción y violencia.

Ni siquiera el éxito económico y social que Chile ha cosechado lo ha apartado de esa maña cultural, ese vicio idiosincrásico de gastar más energía en debatir sobre el pasado que sobre el presente y el futuro.

El pasado lunes 23 de mayo, los familiares del derrocado ex presidente Salvador Allende, abrieron las puertas de su mausoleo para que 12 investigadores determinaran que los restos allí depositados en efecto correspondían al ex presidente, así como para determinar si su muerte  se trató de un suicidio o un asesinato.

El izquierdista Partido del Socialismo Allendista, promotor de la medida, declaró en un comunicado que la exhumación era un asunto “de la mayor importancia histórica, jurídica y política”  y aludió a la enorme trascendencia que tendría  para la sociedad chilena “resolver las dudas y contradicciones en torno a la muerte violenta del presidente Allende”.

Si bien la memoria histórica es fundamental en la consolidación de una sociedad vigorosa (y sobre todo en un país como Chile, con un pasado tan convulso y marcado por la tragedia) valdría la pena preguntarse si la trascendencia “histórica de este hecho” supera en importancia los retos presentes que tienen en materia de reducción de desigualdad y eliminación de la pobreza.

¿Realmente vale la pena que la sociedad austral gaste tanta energía en determinar las causas de una muerte acontecida hace 40 años, por más trágica que haya sido? ¿No tienen sus políticos asuntos de actualidad más urgentes que atender?

Resbalando en el  pasado

Infortunadamente,  los fantasmas del pasado en Chile revolotean tanto en los debates sobre sus próceres como en sus decisiones políticas y económicas actuales. Porque es un verdadero anacronismo, un guiño a un pasado oscuro, la decisión que el gobierno de Sebastián Piñera tomó el pasado 9 de mayo respecto al polémico proyecto de Hidroaysén.

Ese día, el “carismático” presidente austral aprobó la instalación de cinco hidroeléctricas en la región patagónica de Aysen, cuya construcción destrurirá 5900 hectáreas de bosques en una de las mayores reservas naturales del planeta, deteriorará seis parques nacionales, 11 reservas nacionales, 26 sitios prioritarios de conservación, 16 humedales y 32 áreas protegidas.  Como si fuera poco, el tendido eléctrico para el transporte de energía hacia Santiago y otras regiones, supondrá la devastación de más de 30 millones de árboles en más de 2000 kilómetros de distancia, una tragedia que según el New York Times crearía la  mayor tala indiscriminada a nivel mundial.

Mientras que en el primer mundo la protección del medio ambiente se consolida como una temática primordial en la agenda política para asegurar el bienestar social,  Piñera impulsa una masacre ecológica que devolverá a su nación a los patrones nocivos de los estados sub-desarrollados, que amparándose en la búsqueda del progreso, están dispuestas a sacrificar el patrimonio natural de sus territorios sin importar las nefastas consecuencias a mediano y largo plazo.

Durante los últimos 15 años, Chile ha sido un modelo a seguir para muchos países de la región. Ha reducido dramáticamente sus índices de pobreza y ha creado una clase media vigorosa, sustentada en unas instituciones sólidas que alientan  un aparato productivo moderno y eficiente.

Sería decepcionante que estos viajes al pasado, en los que la clase política chilena reverdece debates históricos de poca utilidad y retoma decisiones propias del tercermundismo, pongan en duda a un país que recorre a toda velocidad el trayecto hacia el desarrollo.

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2 comentarios to “Chile y sus deslices al pasado”

  1. Francisca 28/05/2011 a 3:47 AM #

    Muy bueno tu artículo, felicitaciones.

    Espero que mis 4 hijos logren conocer la región de Aysén.

    • alejandropp 28/05/2011 a 10:26 AM #

      Gracias Francisca, espero que usted, sus 3 hijos y su esposo colombiano conozcan Aysén.

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