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La catalanidad del Barça, a la sombra del 5-0 al Real Madrid

4 Dic

Cuando Jeffrén Suárez marcó el último gol, explotó en su cara una sonrisa infantil, alzó las manos y pidió a Messi, a Villa, a Piqué, a los once titulares del Barcelona, que lo acompañaran para celebrar el tanto definitivo de una noche épica.

Era el el quinto, el que redondeaba una goleada perfecta al peor rival, al más odiado, al que parecía más difícil y fortalecido que nunca por el embrujo Mourinho. Jeffrén corrió y se dejó absorber por una avalancha humana cerca del banquillo blaugrana.

Pero a su alrededor, una euforia desmedida contagiaba a los hombres del Barça. La televisión capturaba saltos de felicidad del cuerpo técnico mientras  un radiante Gerard Piqué  abría el puño de su mano para que todas las cámaras contaran los cinco dedos, símbolo automático de la goleada que se tragaba el Madrid.

La secuencia concluía con un Víctor Valdés delirante. Gritaba con rabia el gol, mientras agarraba entre sus manos las redes de su arco sacudiéndolas violentamente.

Sin lugar a dudas,  la celebración desbordaba ampliamente la euforia de un clásico liguero. ¿Qué tipo de partido era este?

La emoción remitía, mas bien, a la pasión y el orgullo desatados en un duelo de selecciones nacionales, como un clásico de la plata o un Brasil – Argentina.

Y en las graderías del Camp Nou se vivía así. 99.000 espectadores alzaban al cielo papeles rojos y amarillos dispuestos en inmensas columnas que delineaban la bandera de Cataluña, mientras estallaban cánticos nacionalistas y ofensas al rival.

Y por años ha sido así. Porque para millones de catalanes, este no es un partido más, no es otro clásico; es una batalla entre naciones. Cada encuentro es un capítulo más en su disputa con España. Ninguna otra institución social, económica o política ha recogido ese sentimiento como el F.C. Barcelona.  Es su selección de facto y el soporte más mediático de su identidad, un papel reforzado durante las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y Francisco Franco.

Més que un club, señor Franco

Durante sus mandatos, caracterizados por la represión y el ataque a las lengua y cultura catalana, el césped del antiguo estadio de Les Corts era uno de los pocos lugares donde los habitantes de este territorio podían librar guerras y vengarse de sus opresores; en las tribunas rugía el descontento contra las dictaduras y el poder simplificador y centralista de España.

El primer chispazo de rebeldía ocurrió en Les Corts en 1924,  cuando 14.000 catalanes abuchearon la Marcha Real, el himno de España, y exhibieron pancartas críticas contra la dictadura del general Primo de Rivera

Iracundo, Primo de Rivera ordenó su clausura durante seis meses y expulsó del país al presidente del club, Joan Gamper. Años más tarde, el resentimiento catalán se reforzaría, cuando en los primeros días de la Guerra Civil Española las fuerzas de seguridad del dictador Francisco Franco asesinaron a Josep Sunyol, político independentista, de izquierda y presidente del F.C. Barcelona.

Durante el mandato de Franco, fueron prohibidas banderas y apologías a la cultura catalana para fomentar el centralismo y la unificación del territorio español alrededor de la hispanidad.

Fue en esta época cuando se consolidó la frase insignia del Barça “més que un club“, una corta sentencia que ejemplificaba los valores de un club que rechazaba el mandato opresivo  y totalitario de Franco, cuyo portavoz deportivo era el equipo blanco de Madrid.

Aunque su activismo político se suavizó una vez  la democracia retornó a España en 1978, el Barcelona remozó sus destellos nacionalistas desde 2003, cuando el abogado Joan Laporta asumió la presidencia del club y  le devolvió el prestigio mundial.

Laporta, un catalanista absoluto,  potenció el independentismo en la entidad y jamás ocultó sus deseos de promover políticamente “los derechos y libertades de su nación” a través del poderío mediático y social del Barça.

Sus éxitos deportivos,  y el reconocido sello radical que le imprimió a su administración, le permitió lanzar con éxito su propio partido -Democràcia Catalana un proyecto pro independentista que ya obtuvo cuatro escaños en las pasadas elecciones al Parlament de Catalunya.

Su legado político en el Barça, sin embargo, permanecerá intacto ya que su heredero, el empresario Sandro Rosell, fue miembro antiguo del extinto  Partido Independentista Catalán y parece no querer dar marcha atrás en la utilización del equipo blaugrana como plataforma hacia la secesión.

De hecho, parece que Rosell dio luz verde a la decisión de su antecesor para que el Camp Nou aloje las votaciones de un referendo independentista en marzo de 2011.

Aunque muchos consideran que Laporta se extralimitó al radicalizar la posición del club,  por las venas del Barcelona fluye el espíritu de la cultura catalana, y esto incluye a quienes entienden al club como la punta de lanza del camino a la separación.

Por eso habría que preguntarse si la “masacre” del pasado lunes fue producto únicamente de  la superioridad futbolística de los culés. Posiblemente algo más empujaba, fuera de la rivalidad enfermiza entre ambos equipos.

¿Acaso no parecía que Messi y compañía defendían los colores de una nación?

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Sobre presidentes, marihuana y reactores nucleares

4 Nov

Uno que se fue y otra que llega…

Argentina despidió a Nestor Kirchner como el hombre que la rescató del infierno. Sus ojos saltones y silueta descolgada escondían a un político feroz, capaz de asumir las riendas de un país devastado por un descalabro económico sin precedentes.

Durante su gobierno (2003 – 2007) reactivó la economía argentina,  disminuyó la pobreza al 33% -luego de haberse trepado al 56% en el clímax del corralito- y reforzó la debilitada institucionalidad.

Señalado por muchos como déspota e híper-presidencialista,  Kirchner fue un ejemplar de esa particular camada de gobernantes suramericanos que durante la última década se han caracterizado por tener altas tasas de popularidad, proyectos políticos ambiciosos, discursos ultra democráticos y gobiernos semi-autoritarios.

Fuera de sus aciertos y escándalos, que incluyeron casos de espionajes y persecución a medios y oposición, Kirchner murió y dejó a Argentina sin su político más poderoso e influyente. Su legado aún está en construcción, pero en la memorias de los gauchos dormirá como el hombre que levantó a su país de las cenizas.

Brasil, por otra parte, recibió con serenidad la victoria de Dilma Rousseff en las elecciones presidenciales de la semana pasada.

Rousseff no derrocha carisma, es tosca y no tiene experiencia en cargos de elección popular. Pero bastó el apoyo de Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente más popular de toda la historia en Brasil, para que derrotara con comodidad a su adversario socialdemócrata, el economista José Serra.

Su elección fue una luz verde para continuar con las exitosas políticas económicas y sociales de su antecesor. A pesar de su poca gracia (a diferencia del regordete y carismático Lula) la “dama de hierro”, como es conocida en su país, recibió el 56 % de los votos gracias al impulso de su mentor y el liderazgo que ejerció como Ministra de energía y jefa de Gobierno.

Desde el próximo 1 de enero, quedan en sus manos la octava economía mundial, 200 millones de personas, un mundial de fútbol y, si le va bien, unos juegos olímpicos. Pequeño reto, ¿no?

California todavía no se la fuma…

El mundo estuvo a punto de asistir a la marcha fúnebre de la actual política anti-drogas. Si la propuesta que buscaba despenalizar la producción, el consumo y la comercialización de la marihuana en California hubiera sido aprobada por sus  habitantes, hoy estaríamos en un caos diplomático y político de proporciones gigantescas.

¿Cómo enfrentarse a un enemigo legitimado en el país cuna de la lucha anti drogas? ¿ Si es permitido cultivarla ahí, por qué no en México?¿ Y con la coca en Colombia? ¿Y la amapola en Afganistán? ¿No se ahorraría cada uno de estos países unos cuántos problemas si el control de la producción estuviera en manos del Estado? ¿No caería el precio de la droga? ¿No se ahogaría la financiación de mafias y los violentos?

¿No sería todo… un poquito mejor?

Si la propuesta 19 hubiera sido aprobada, estaríamos presenciando la germinación de una política anti drogas radicalmente opuesta a la actual. El respaldo constitucional de uno de los estados más ricos y progresistas de EE.UU la avalaría.

La óptica represiva y militar se transformaría gradualmente en una política integral de salud pública. Inevitablemente,  los presupuestos nacionales reducirían su aporte en defensa y aumentarían el gasto en prevención y educación sobre consumo.

Posiblemente, los países productores reducirían las muertes violentas a medida que los precios de la droga en el mercado se redujeran y aumentara el control estatal sobre los cultivos de coca, amapola y marihuana. El combustible de narcos, guerrillas  y terroristas insurgentes  se agotaría, y el gasto militar  se trasladaría a programas de reducción de pobreza y prevención de consumo.

Un panorama feliz, pero que aún está lejos de ser una realidad. Uno de los principales obstáculos surge en el mismo vientre de la sociedad; el rechazo moral al consumo de drogas aún impide a gobiernos progresistas asumir posturas más laxas. Y eso sigue costando miles de vidas de campesinos e indígenas en México, Colombia y Afganistán.

Pero con la muerte de la propuesta 19 brotó la primera oferta concreta alrededor de un debate que cuestiona, con muchos argumentos, la actual política anti drogas.  ¿Será que California abrió la puerta definitivamente?

Chávez nuclear

Es increíble que el anuncio de Hugo Chávez sobre un acuerdo con Rusia para construir un reactor nuclear en territorio venezolano haya pasado tan desapercibido. El continente debería estar escandalizado ante la posibilidad que el gobernante más beligerante e inestable de Latinoamérica  tenga la posibilidad de desarrollar armas nucleares en su propio territorio (que a nadie le venga con el cuento que no lo va a hacer).

Cuando Colombia firmó el acuerdo que le permitía a Estados Unidos el uso de siete bases militares, todo Suramérica reaccionó como si se tratara de una declaración de guerra.

Pero ante la posibilidad de una Venezuela nuclear ( y chavista, que es peor) parece que no hay mayor problema. Es preferible aceptar las peligrosas estupideces de Chávez antes que protestar. Todo por que su billetera es la más  jugosa y “generosa” en la región.

Esta semana, la Asamblea Nacional del país petrolero aprobó la ley para construir el reactor nuclear de carácter “pacífico”. El proyecto ya está en marcha. Y no ha habido ni un sólo grito de protesta oficial de ningún país en Latinoamérica.

Si la demencia de Chávez no es suficiente argumento para atemorizar, por lo menos debería aterrorizar su reconocida ineptitud. Si ya despedazó a la poderosa PDVSA y al aparato agrícola de Venezuela, se imaginan un reactor nuclear en manos de un líder especializado en destruir lo que toca? ¿Les suena Chernobil?

¿Debe ser Colombia el cuarto poder de Latinoamérica?

5 Oct

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, reunido con Cristina  Fernández, presidenta de Argentina, para tratar la crisis de Ecuador. (El Espectador)

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, reunido con Cristina Fernández, presidenta de Argentina, para tratar la crisis de Ecuador. (El Espectador)

Sorpresivamente, Juan Manuel Santos lideró la reacción de Unasur a la revuelta que la semana pasada puso contra las cuerdas a Rafael Correa. El bloque se pronunció rápidamente y mostró la sensibilidad extrema de sus miembros ante los golpes de estado y los levantamientos que han sido tan comunes en la historia Latinoamericana.

Con menos de cien días en el poder,  Santos convocó la cumbre de emergencia de Unasur, acordó con Alan García cerrar las fronteras con Ecuador y actuó como vocero regional durante el 30-S.  Varios analistas aseguran que Santos relanzó a Colombia dentro de Suramérica, después de años de recelo e incomodidad en cumbres internacionales durante la era Uribe.

Paralelamente al renacimiento dentro de la diplomacia proactiva,  el país está en carrera por asumir uno de los 1o puestos temporales del consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el 2011. Aunque el ex presidente Uribe fue el gestor de la inciativa, Santos le dio continuidad y ya está limpiando el terreno para dar aviso en la región que va en serio y es mejor no interferir. Al parecer, Colombia no tendrá competencia y va por buen camino hacia su objetivo.

En su discurso ante la Asamblea General de la ONU, Santos fue consecuente con sus ambiciones y, como pocas veces se ha visto, las palabras de un presidente colombiano apuntaron más a las oportunidades y los desafíos regionales (donde Colombia juega un papel clave, sobre todo en el tema de seguridad y por el cual quiere llegar al Consejo)  que al incesable tema del narcotráfico.

Como colombiano jamás había visto a un presidente liderando temas ajenos a la agenda interna del país: los micrófonos y las asambleas en Nueva York o Ginebra eran para pedir disculpas o comprensión por nuestras batallas perdidas ante el narcotráfico y la violencia desmedida. Los grandes debates nacionales giraban en torno a cómo limpiar la habitación antes de asomarse por el vecindario.

Pero desde el cambio de mando en el Palacio de Nariño, el estado colombiano muestra intenciones de posicionarse como un país con peso suficiente ( y avances significativos) como para reclamar un lugar de mayor influencia en la geopolítica latinoamericana.

Y desde muchos puntos de vista, es un reclamo lógico. Colombia es el tercer país más poblado de Latinoamérica, es su cuarta economía y  ocupa el quinto puesto en territorio. Es un puente natural entre las tres américas, provee de energía a la región y sobresale como el gigante agrícola de la CAN. Y ahora que se asoma por fuera del fango de sus problemas internos, no veo por qué no puede presentar papeles para reclamar dicho lugar.

Si analizamos los otros países que podrían disputarle este rol, encontramos que Venezuela está “deschavetada”, Ecuador aún tiembla por sus convulsiones institucionales y Perú, a pesar de su crecimiento sostenido, reduce su accionar internacional a las peleas de odio-amor con sus hermanos australes.

Y Chile… bueno, es harina de otro costal. A medio camino entre la CAN y Mercosur, tiene una economía más avanzada que la colombiana y está a las puertas del “desarrollo”. Sin embargo, su población es reducida y su territorio es poco más que la mitad del colombiano. Su liderazgo es indudable dentro del “deber ser” de los países emergentes, pero su brillo no es suficiente dentro de un cetro que necesita más peso que finura.

Aunque existen países líderes muy definidos en Latinoamérica (Argentina en el Cono Sur, México en Centroamérica y  Brasil encima de todos) hay espacio para un cuarto poder que sea vocero de la Comunidad Andina de Naciones (desde una aproximación de bloques económicos) o del norte de Suramérica (por consideraciones geográficas).

Y sería muy coherente que el país asumiera ese rol como poder medio. Dentro de una región dominada por Brasil, pero con destellos multipolares, esto tiene cabida.  Egipto en África e Indonesia en Asia son un ejemplo de ello.

Como pocas veces ocurre, la oportunidad se presentó y coincidió con un contexto nacional e internacional positivo.  Y Santos parece que se dio cuenta. Que Colombia asuma su verdadera dimensión le convendría no sólo a la nación, sino a la subregión, para que en un futuro próximo canalice sus intereses comunes en escenarios diplomáticos de mayor envergadura, con mejores resultados y menor dependencia de “grandes” menos representativos.