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¿Debe ser Colombia el cuarto poder de Latinoamérica?

5 Oct

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, reunido con Cristina  Fernández, presidenta de Argentina, para tratar la crisis de Ecuador. (El Espectador)

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, reunido con Cristina Fernández, presidenta de Argentina, para tratar la crisis de Ecuador. (El Espectador)

Sorpresivamente, Juan Manuel Santos lideró la reacción de Unasur a la revuelta que la semana pasada puso contra las cuerdas a Rafael Correa. El bloque se pronunció rápidamente y mostró la sensibilidad extrema de sus miembros ante los golpes de estado y los levantamientos que han sido tan comunes en la historia Latinoamericana.

Con menos de cien días en el poder,  Santos convocó la cumbre de emergencia de Unasur, acordó con Alan García cerrar las fronteras con Ecuador y actuó como vocero regional durante el 30-S.  Varios analistas aseguran que Santos relanzó a Colombia dentro de Suramérica, después de años de recelo e incomodidad en cumbres internacionales durante la era Uribe.

Paralelamente al renacimiento dentro de la diplomacia proactiva,  el país está en carrera por asumir uno de los 1o puestos temporales del consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el 2011. Aunque el ex presidente Uribe fue el gestor de la inciativa, Santos le dio continuidad y ya está limpiando el terreno para dar aviso en la región que va en serio y es mejor no interferir. Al parecer, Colombia no tendrá competencia y va por buen camino hacia su objetivo.

En su discurso ante la Asamblea General de la ONU, Santos fue consecuente con sus ambiciones y, como pocas veces se ha visto, las palabras de un presidente colombiano apuntaron más a las oportunidades y los desafíos regionales (donde Colombia juega un papel clave, sobre todo en el tema de seguridad y por el cual quiere llegar al Consejo)  que al incesable tema del narcotráfico.

Como colombiano jamás había visto a un presidente liderando temas ajenos a la agenda interna del país: los micrófonos y las asambleas en Nueva York o Ginebra eran para pedir disculpas o comprensión por nuestras batallas perdidas ante el narcotráfico y la violencia desmedida. Los grandes debates nacionales giraban en torno a cómo limpiar la habitación antes de asomarse por el vecindario.

Pero desde el cambio de mando en el Palacio de Nariño, el estado colombiano muestra intenciones de posicionarse como un país con peso suficiente ( y avances significativos) como para reclamar un lugar de mayor influencia en la geopolítica latinoamericana.

Y desde muchos puntos de vista, es un reclamo lógico. Colombia es el tercer país más poblado de Latinoamérica, es su cuarta economía y  ocupa el quinto puesto en territorio. Es un puente natural entre las tres américas, provee de energía a la región y sobresale como el gigante agrícola de la CAN. Y ahora que se asoma por fuera del fango de sus problemas internos, no veo por qué no puede presentar papeles para reclamar dicho lugar.

Si analizamos los otros países que podrían disputarle este rol, encontramos que Venezuela está “deschavetada”, Ecuador aún tiembla por sus convulsiones institucionales y Perú, a pesar de su crecimiento sostenido, reduce su accionar internacional a las peleas de odio-amor con sus hermanos australes.

Y Chile… bueno, es harina de otro costal. A medio camino entre la CAN y Mercosur, tiene una economía más avanzada que la colombiana y está a las puertas del “desarrollo”. Sin embargo, su población es reducida y su territorio es poco más que la mitad del colombiano. Su liderazgo es indudable dentro del “deber ser” de los países emergentes, pero su brillo no es suficiente dentro de un cetro que necesita más peso que finura.

Aunque existen países líderes muy definidos en Latinoamérica (Argentina en el Cono Sur, México en Centroamérica y  Brasil encima de todos) hay espacio para un cuarto poder que sea vocero de la Comunidad Andina de Naciones (desde una aproximación de bloques económicos) o del norte de Suramérica (por consideraciones geográficas).

Y sería muy coherente que el país asumiera ese rol como poder medio. Dentro de una región dominada por Brasil, pero con destellos multipolares, esto tiene cabida.  Egipto en África e Indonesia en Asia son un ejemplo de ello.

Como pocas veces ocurre, la oportunidad se presentó y coincidió con un contexto nacional e internacional positivo.  Y Santos parece que se dio cuenta. Que Colombia asuma su verdadera dimensión le convendría no sólo a la nación, sino a la subregión, para que en un futuro próximo canalice sus intereses comunes en escenarios diplomáticos de mayor envergadura, con mejores resultados y menor dependencia de “grandes” menos representativos.

Farc-Gore, la “chispoteada” de Chávez y los calores de Piedad

24 Sep

1. Desde la muerte de ‘Raúl Reyes‘, los medios están en una grotesca competencia por ver quién publica la imagen más explícita y sangrienta de los grandes jefes guerrilleros caídos en combate.

Si yo fuera miembro de  algún grupo de metal colombiano bien cochino,  estaría de fiesta. ¡Ya hay portada para el próximo CD! ¿Escojo la cabeza medio ahuecada y la pierna cortada de ‘Raúl Reyes’? ¿O me voy a la moda con el rostro inflado y derretido del ‘Mono Jojoy’ en una sopa de sangre?

Porque si no soy el líder de Purulent, Vomitorium o Cadaverus INsangrentis, no veo para qué pueden servir estas imágenes. ¿Realmente es necesario mostrar tanto? Si el Ejército quiere atemorizar y advertir a los guerrilleros sobre su inminente futuro, definitivamente lo logró. ¿Pero no lo debería hacer de una manera un poquito menos macabra? ¿Quiénes son los sanguinarios? ¿Ellos o las Farc?

Aunque la mayoría de colombianos lo tenemos claro, imagínense estas fotos en manos de los idiotas útiles de las Farc que abundan en Suecia, Suiza y Noruega. El alto mando militar tendrá que asumir el efecto negativo que puede tener en su prestigio internacional la publicación de imágenes de los cadáveres desfigurados de sus enemigos.

Las ONG’s y grupos de izquierda en Europa y Estados Unidos con fuerte influencia en departamentos de relaciones exteriores no sabrán quiénes son los sanguinarios. Por favor, dejen algo a la imaginación.

2. Aunque ya hace muchos años la creatividad de Roberto Gómez Bolaños se detuvo, gracias a Dios aún contamos con humoristas y personajes tan graciosos y ocurrentes como los del mundo de la CH.

El demo-dictador de Venezuela, Hugo Chávez (¡Con CH de Chespirito!) es uno de ellos, y aunque supera en peso y maldad a cualquier personaje del Chavo del Ocho, sus “chispoteadas”  son de antología. La más reciente, es de las mejores que he visto en años.

En plena Asamblea General de la ONU, el embajador de Venezuela ante este organismo, Jorge Valero,  propuso que el  mundo (sí, el mundo) debía sustituir al modelo económico actual por una globalización de la “revolución bolivariana” para crear una sociedad donde reinen “la justicia, la igualdad y la solidaridad, con plena vigencia de los derechos humanos y las libertades democráticas”.

¿¿¿No es de lo más gracioso que les han contado en años???

3. Por último, Piedad Córdoba se refirió al ‘Mono Jojoy’ como un “guerrero” que había muerto como parte del conflicto armado. ¿Guerrero? ¿En serio? ¿Tan heroico era para la señora Córdoba?

Aunque a veces no lo quiera aceptar, creo que el papel de Piedad Córdoba es importante dentro de la sociedad colombiana; siempre debe haber alguien que asuma sus posiciones, una voz disonante, incómoda, que defiende lo que parece ofensivo para muchos y que exprese una corriente de pensamiento y acción a veces incomprensible dentro de la amplitud de la democracia.

Pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre, y el ‘Mono Jojoy’ no “era un guerrero”; era un asesino y punto. Si acaso un guerrillero, pero lejos de ser comparable con un samurai, por Dios.

Creo que el turbante le esta cocinando el cerebro a la señora y ya hace rato esta dando signos de recalentamiento. Que se ponga unos hielitos.