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Colombia es pasión (asesina)

6 Ene

Imágenes de Colombia es Pasión y El Espectador

Es poco probable que Proexport  encontrara un eslogan más preciso para la marca comercial de nuestra nación.

Colombia es un país amable y cálido, lleno de valles y montañas preciosas infestadas de asesinos y narcos de norte a sur. Regalamos besos y abrazos con la misma facilidad que rompemos a puños al que nos estrella el carro o al que mira más de la cuenta a nuestra novia.

Somos, en pocas palabras, un país hermoso y matón. Desde la conquista, pasando por la independencia hasta llegar a nuestra era republicana, la historia colombiana ha estado marcada por un sino violento y optimista que muchas veces confunde la sangre con las sonrisas.

En las fechas especiales, cuando brotan profundas emociones del individuo, esta particular dicotomía de nuestro carácter aflora con mayor intensidad.

El 31 de diciembre de 2010, Colombia festejó los doce campanazos del año nuevo con uvas, cuchillos, navajas, puños y patadas, como es usual. Fueron registrados 35 homicidios y más de 4000 riñas en una sola noche, mientras que en Argentina, un país con una población ligeramente inferior en número a la nuestra, contabilizaron sólo tres muertes y 200 incidentes violentos (entre peleas, accidentes de tráfico y hasta heridas inflingidas por corchos).

La cumbre de este sangrienta celebración llegó con la muerte por balas perdidas de dos niños y la hospitalización de otros dos que tuvieron la mala fortuna de vivir cerca de un macho apasionado, de esos que abundan en nuestro país y que sólo pueden expresar la euforia de un año nuevo con el golpeteo de los disparos y el sabor anisado del aguardiente.

Sin embargo, este no es un fenómeno exclusivo de fechas decembrinas o cumpleaños. Sólo en los últimos diez años más de 1000 personas han perdido la vida por culpa de una bala sin destinatario fijo, casi el doble de los decesos violentos que anualmente se reportan en Barranquilla.

Porque aquí todo es pasión, todos los meses, de lunes a domingo, 24 horas al día.

Medellín, el ejemplo más resonante de esta esquizofrenia cultural, tiene una tasa de homicidios de 93 muertos por cada 100 mil habitantes. Si la ciudad de la eterna primavera fuera un país, desbancaría al rey de homicidios mundial, Guatemala, que caería al segundo lugar con 71 muertos por cada 100 mil habitantes.

Pero en la famosa guía de viajes Lonely Planet, la capital de Antioquia es descrita como una urbe reconocida por su “calidez y amabilidad” dentro de la “ultra amistosa Colombia”, que tampoco escapa a esta terrible paradoja.

En el ranking “Happy Planet Index”, un índice desarrollado por la prestigiosa New Economics Foundation para medir la felicidad de los habitantes en sus estados de acuerdo a criterios sobre expectativa de vida, percepción subjetiva de felicidad y huella ecológica, ocupamos el sexto lugar entre los más felices, pero también clasificamos entre los diez primeros en número de homicidios per cápita (32 por cada 100 mil).

Embarcados en este vaivén continuo entre el derrame de sangre y la felicidad desbordada, pasó de agache una noticia publicada en El Tiempo la semana pasada.  El 37 por ciento de las muertes en nuestro país (5638) no fueron culpa de paras o guerrilla sino de las riñas y la  intolerancia ciudadana. Ni si quiera en el temible Irak, con 4644 víctimas mortales, tantas personas pierden su vida por “empute”, porque “me sacó la piedra” o porque hay que celebrar, carajo.

Es esa constante excitación, esas ganas de rompernos el cuerpo a golpes y sorbos de aguardiente, esa emoción por algo que aún no hemos logrado descubrir pero que tiene raíces profundas en nuestra idiosincracia, la que nos ha convertido en una nación asesina por excelencia. Y las cifras lo demuestran.

Por eso, querido lector, es que nuestro país es un cagadero y todavía está muy lejos de abandonar ese título que bien merece.

Porque de nada nos sirve tener el mejor café del mundo mientras nos sigamos acabando a bala y machete.

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