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Wikileaks, el soplón más incómodo del mundo

25 Oct
Julian Assange, editor en jefe y actual director de Wikileaks (AFP)

Julian Assange, editor en jefe y actual director de Wikileaks (AFP)

El 22 de octubre de 2010 Estados Unidos quedó desnudo ante la opinión pública. 400.000 archivos secretos de la invasión a Irak salieron a flote y descubrieron con detalle las infamias del ejército norteamericano durante los últimos seis años.

Si usted lo desea, puede consultar ya mismo cada uno de los informes que  registran ataques, asesinatos y torturas de la guerra más polémica en toda la historia.

La información -para que no se preocupe- está protegida en un búnker nuclear enterrado en las colinas de Estocolmo; Wikileaks se toma sus precauciones y un refugio soviético se ajusta a los requerimientos de seguridad que el soplón más poderoso del mundo necesita ante el enfado del Pentágono.

Wikileaks para Dummies

Wikileaks tiene cientos de colaboradores, donantes poderosos y miles de miembros que lo nutren con documentos secretos de todo el mundo.El sitio web publica estos archivos, garantiza el anonimato de sus fuentes y se escuda en leyes de protección a la libertad de opinión e información ante cualquier intento de bloqueo o amenaza.

Además, cuenta con servidores distribuidos en todo el mundo -como el de Suecia- que garantizan que el sitio web se mantenga online ante cualquier ataque cibernético o físico.

Pero los poderosos del mundo lo aborrecen. Y con toda razón. Estados Unidos, por ejemplo, lo acusa de poner en riesgo a sus militares en Irak y Afganistán al revelar detalles operativos y tácticos que quedan a disposición  de cualquier talibán o miembro de Al Qaeda.

En el resto del mundo, cientos de gobernantes se aterorrizan ante un posible escenario en el que sus secretos más oscuros son revelados por una web que legitima su acción en el derecho a informar, uno de los pilares de la civilización occidental.

Países como México y Colombia, sólo por nombrar algunos de la región, podrían tener en riesgo acciones en contra del narcotráfico que muchas veces requieren del mayor secretismo.

Por último, las empresas multinacionales tampoco parecen estar muy cómodas con la posibilidad de encontrar sus secretos corporativos expuestos en documentos filtrados y amparados en derechos informativos.

Sin embargo, el director de Wikileaks, Julian Assange, defiende la publicación de textos reservados asegurando que todos tienen derecho a conocer la verdad.

En el caso de la guerra de Irak, Assange aseguró que “la primera víctima de la guerra es la verdad” y que con esto esperaba “corregir algunos de los ataques a la verdad ocurridos antes de la guerra, durante la guerra y que continúan desde que oficialmente concluyó”.

Mala verdad, buena mentira

La furiosa polémica que está generando Wikileaks y sus revelaciones enfrenta dos posiciones que definirán el futuro de las democracias: el secreto como promesa de estabilidad o lo público como garantía de transparencia.

Ambas acarrean riesgos y oportunidades, pero, de cualquier manera,  son demasiado peligrosas para que alguna se convierta en una verdad absoluta.

Mientras tanto, la angustia carcome a Obama y a los gobernantes del mundo que esperan la próxima filtración que remueva todos sus secretos.

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